Antes de decir por qué lo odio, tal vez sea bueno presentarlo. Voqui es el nombre común que se le da a una familia de plantas trepadoras. Sería una enredadera más de la selva Valdiviana si no fuera porque repta por el tronco de los árboles, los abraza, abraza, abraza hasta que la clorofila deja de llegarle al cerebro: el Voqui los seca, los mata, los estruja hasta que caen tan arruinados que ni para leña sirven.
El problema del Voqui es que a los turistas les encanta porque le da ese toque exótico a la naturaleza sureña: cuando crecen lo suficiente, se transforman en lianas de donde no saldrá Tarzán, pero donde más de algún ratón desnudo se habrá desplazado. Esas lianas no son inmediatas, pasan años antes de formarse, parten como hilos y terminan como troncos flexibles. Mientras crecen, engatuzan a quienes vivimos en el campo con sus florcitas minúsculas destellando a nuestros ojos, a veces blancas, a veces rosadas, coquetas alimentando a las abejas, ejerciendo siniestras y sensuales danzas con sus esporas en el aire en plena primavera, dándole un toque mágico a la alergia.
Por alguna razón esta rastrera y psicópata decide, casi siempre, aliarse con un copihue, la flor nacional chilena, por si no son de acá. Si bien existen variedades rosadas y blancas, el copihue es de un color rojo escándalo, y tiene una forma de campana que la hace bailar con el viento, siempre sujeta al árbol por un hilo verde muy grueso porque también es enredadera. Es suave al tacto, como algodón o gamuza, como una tela natural que protege. Su extracción está prohibida por el Decreto Supremo N° 129 del ministerio de Agricultura en 1971, para luego ser conmemorada en plena dictadura como el ícono de nuestro país. Dice el mito, que Lucia Hiriart, la esposa del dictador Pinochet, amaba esta flor y por eso la declararon como «nacional». Ahí andaba la vieja, una especie de diosa griega arruinada que protegía la moral y la familia, mientras tenía hordas de señoras bordando copihues sobre manteles, mantas y pañuelos, mientras ella tejía una red de propiedades a su nombre bajo la fachada de una caridad. El copihue es así, un tanto inocente de sus circunstancias, por eso debe creer en el futuro esplendoroso que le pinta el Voqui cuando se encuentran, aunque la enredadera que odio solo tiene por objetivo arrimarse a todo lo que puede, devorarlo y usar al copihue para que lo defienda, para que no lo logre sacar.
Para peor, el copihue es aún más débil porque cree que cualquier vara le sirve para tocar el cielo: se sube a la zarza mora, a los colihues, a un tronco seco y claro, al Voqui. Por más que la naturaleza le dice a la flor nacional «no confies en el Voqui, no te arrimes en el Voqui, te va a terminar secando», allá aparece el copihue uniéndose a la otra enredadera, temblando de susto cuando aparezco como energúmeno con una sierra y una tijera de podar peleando contra toda liana que pueda encontrar. «Voqui culiao, suelta ese copihue», es la frase más común cuando toca limpiar, aunque en el fondo sé que es el copihue el que eligió a esa falsa que luego asfixia al árbol que la sostiene.
Odio al Voqui, porque me hace andar con cuidado para no dañar a un iluso copihue que creyó que nada le pasaría al elegir a una trepadora.


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