Crónicas breves de un mundo absurdo

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Si me dieran un peso por cada idea que dejé botada antes de empezar, habrían millones de millones de pesos sobre la mesa. Y si sumamos los que dejé a medias, habría uno que otro blog abdandonado dispuesto a atestiguar.

Sin embargo, el de ahora parece haber ganado un par de segundos de vida más que los anteriores: un mail club, la siutiquería para decir que te enviaría una carta, a ti y al grupo de personas que se knscribiera. Un newsletter analógico, baby.

Me gustan las cartas.

Una vez tuve una amiga (ya no nos hablamos, eso es para otro día), que se fue de intercambio a Estados Unidos por un año. Como yo la consideraba mi mejor amiga, decidí que le iba a contar todo lo que pasara en los días que no estuviera. Primero fue un papel y mi letra las que contaban todo, desde con quién se metió su ex hasta la prueba de matemáticas que estuvo compleja. Luego, las cartas se escribieron sobre un par de recortes, en collage hechos con El Mercurio, en papel lustre de colores y una serie de ideas que nacían de la creatividad desbordada que da la adolescencia.

Por ejemplo, recuerdo que en Angol, el pueblo donde crecí y desde donde escribía mis cartas, estaba un supermercado muy conocido donde iban todas las familias pudientes. Era horroroso, pero era al que «había que ir», donde de verdad había personas que llenaban el carrito y no compraban náh, citando a Joe Vasconcellos . Una noche de verano los teléfonos angolinos chillaban de urgencia: el supermercado aquel, el standard de los placeres culinarios, el único que traía productos importados para impresionar a las visitas, se había quemado. Eso, era noticia, eso se debía saber hasta en Estados Unidos.

Eso fue un quiebre en la forma que tuve de relacionarme con las cartas. De relacionarme com el papel y, si lo miro con la distancia de que eso sucedió hace 27 años atrás, creo que pudo ser la primera advertencia de que escribir sería una pasión.

No tenía celular ni cámara digital o analógica que pudiera ayudarme a reportear el suceso. Mi amiga no tendría cómo saber la experiencia que era perder un tridente sociocultural de nuestro pueblo. Se lo podía contar, se lo podía dibujar, pero nada lograría que sintiera lo que yo quería mostrarle. Entonces, tomé una hoja, llegué por la tarde al lugar de los hechos y con un carbón de los escombros escribí «Amiga mía, se quemó El Puma».

Pasaron los años, muchos, ya vivía en Santiago. Fue en el museo de Bellas Artes donde cuando había una obra de Guillermo Deisler, era un sobre. Leí la nota que estaba al lado y decía que desde el exilio del artista, entre el 87 y el 91, comenzó a enviarse cartas con otros artistas y personas ligadas al arte no solo en Chile, sino en el mundo, como un Facebook que se escapaba de la censura. Algunas personas tomaban la corredpondencia y agregaban sus aportes para que otra persona conectara con las obras. Un museo móvil decorado con estampillas de todos los precios y colores.

Otras cartas que recuerdo y que marcaron mi memoria lectora, son los «Cheques Matta», obras de formato pequeño que Roberto Matta enviaba desde el extranjero a artistas que sufrían de forma económica la represión de la dictadura. La idea era que esa obra la vendieran, tuvieran algo de dinero y pudieran resistir un poco más.

Las cartas ya no existen, están perdidas en estos lugares que llamamos blogs o correos electrónicos, que ya se han reducido a un emoji o un sticker. Extraño el papel y extraño las revistas, cada vez me distancio más de la Inteligencia Artificial. Tampoco sueño con que nos abracemos en círculos mientras llueven flores de Bach, pero pienso que no sería malo recuperar la ternura del papel, de esperar por algo que termine dándole importancia a hechos irrelevantes solo porque el tiempo les agregó curiosidad y deseo.

Pensaré si hacer ese famoso mail club o no; o tal vez alguien que lee esto le hace click. Es harto trabajo sin rentabilidad alguna, mi especialidad en el área de proyectos. De todas formas, si lo hago, prometo que la idea del carbón no se repetirá: ahora vivo en el campo, las tintas naturales podrían ponerse demasiado excéntricas, orgánicas y/o tenebrosas.

Recreación de Chat GPT de una carta de Guillermo Deisler

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