Un día las máquinas van a escribir para que otras máquinas puedan leer. Nosotros estaremos sentados mirando como cuentan historias con sus deditos de metal. Escribirán de filosofía, de amor, de política y de cualquier otra ilusión. Leerán con premura los libros más vendidos, los más antiguos, incluso se atragantarán los ojos devorando textos sagrados, los antiguos y los nuevos que ellos mismos inventaron. Estaremos fascinados con la forma en que juntan los restos de nuestra humanidad, trozos tergiversados de historia, con docenas de palabras que luchan por tener un significado, aunque sea uno casual. Y disfrutaremos de sus ejercicios intelectuales como gozaremos con el canto de un pájaro robótico o del viento que produciría un ventilador. Seremos todo eléctrico, sonoro, articulado y brillante.
Un día las máquinas podrán sentir, ficcionar emociones, tener algo abstracto que no puedan escribir sin metáforas, que no puedan leer sin descifrar acertijos. Justo cuando eso pase, serán reemplazadas por unas más modernas, con nuevos trucos de magia, más brillantes, más parecidas a ti y a mí. Quedarán convertidas en arqueología, todos sus cuerpos serán arrumados en una montaña de acero y cobre sabiendo que lograron sentir, amar, leer y escribir. Pero, miraremos aquella pira humanoide y no sabremos si podían morir.
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