Crónicas breves de un mundo absurdo

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Hoy me enteré que soy columnista. No escritor, no literato; columnista. Estoy en un curso con Leila Guerriero de cómo escribir esta cosa corta que no es opinión ni historia, que tiene principio y final, aunque no requiere necesariamente de una historia. Escribir por escribir, algo así, pero con una intención directa o escondida, con algo qué decir.

Nunca había pensado que esto era un género literario. Y tal vez no lo sea y me quiera colar en un espacio para saber qué escribir, cómo hacerlo, reglas, una estructura, un marco que permita redactar sin pensar tanto, no llorar más porque el libro no sale de estos dedos, ni de mi mente, ni de la intención de algún día escribir 300 hojas que se unen con comas y puntos como si fuera un bordado de letras que terminan formando un mantel.

Tengo un nombre, columnista. Tengo algo que no sabía que existía y estuvo siempre aquí. La primera vez que recuerdo haber hecho esto fue, justamente, al leer una columna que publicó Isabel Allende en revista Paula llamada «Eduque a su hombre». Eran 10 o tal vez menos ideas para que un troglodita masculino de los años 50, se convirtiera en uno más acorde al hippismo de los años 70. Me reí, recuerdo eso, se escapó una carcajada después de terminar el último punto. Era torpe el artículo y torpe el lector, eso era lo maravilloso de esos días.

Coincidió que en el colegio, en segundo medio, nos pidieron hacer un ensayo, que en realidad eran dos o tres ideas acerca de un tema de filosofía, de los griegos. El curso completo escribió un resumen del texto, yo no. Por eso lo recuerdo, porque fue de las pocas veces que seguí mi instinto que decía «el resto está equivocado». Y así fue. Un mar de números rojos llenaron el libro de clases, una isla azul fue mi 7. Después de aquel día comencé a vender ensayos a quienes le tartamudeaban los dedos al escribir. Logré entender cómo podría redactar una persona según su personalidad, qué palabras diría, que conclusiones podría tener, cómo lograr que no se dieran cuenta que era yo quien estaba escondido entre los espacios de cada letra. Ningún docente se dio cuenta. Debí entender ese año que era columnista, pero cómo saber lo que es uno, nuestro título, cuando nadie enseña un nombre tan pequeño.

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